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Contemporáneos Ficción

Nuestros contemporáneos son aquellos títulos (en este caso de ficción) que a principios del siglo pasado fijaron la literatura que disfrutamos en la actualidad. Además, en esta colección también hay espacio para aquellos libros que han sido injustamente olvidados por el canon tradicional y que son muy difíciles de encontrar, incluso en el mercado del libro de lance.

La fuente enterrada

Carmen de Icaza

BackList Contemporáneos
Ficción
15 x 23 cm.
19’50 €
352 págs.
Rústica con solapas

Fecha de publicación
Febrero 2009

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Una historia de pasión, engaño y locura que deslumbró a los lectores de la España de los años cincuenta

  • La fuente enterrada narra el drama vital de Irene Quiroga, una mujer especial, dotada de una profunda sensibilidad, que recorre un camino dramático desde una infancia horrible hasta su ingreso en un sanatorio mental. A través de este tránsito se nos describe una vida intensa, marcada por el arte y el amor, que se verá truncada por el impacto de la gran ciudad —Madrid— con sus hipocresías, apariencias y  engaños. Esta novela, que gozó de una gran popularidad en los duros años de la posguerra española, contiene todos los ingredientes de un gran drama amoroso: muerte, conflictos matrimoniales, locura, sacrificio y abnegación.

    Carmen de Icaza, baronesa de Claret (Madrid, 1899-1979), fue hija del erudito y diplomático Francisco A. de Icaza, embajador de México en distintos países de Europa durante el período de entreguerras. Esta infancia y juventud itinerantes
    llevaron a Carmen de Icaza a estudiar distintas culturas y experimentar diferentes ambientes. En las tertulias de la embajada frecuentó a muchos de los intelectuales más relevantes de su época.
    Inició su carrera como periodista y escritora colaborando en distintas publicaciones: ABC, Blanco y Negro, El Sol y Ya, tratando distintos temas de carácter social. En 1935 publicó su primera novela, Cristina Guzmán, profesora de idiomas, que alcanzó una extraordinaria repercusión.
    Al concluir la Guerra Civil, Carmen de Icaza siguió ocupándose de una intensa labor social y escribiendo novelas de extraordinario éxito. ¡Quién sabe!, Soñar la vida, Vestida de tul y El tiempo vuelve supusieron la consagración popular de su autora y fueron traducidas a numerosos idiomas. En diciembre de 1945 Carmen de Icaza fue proclamada «la novelista más leída del año» por el gremio de libreros de Madrid. A partir de La fuente enterrada, publicada en 1947, Carmen de Icaza se reveló como una escritora profunda, trascendente y ambiciosa; mostró su auténtico calado como mujer inquieta y sensible.

  • Fragmento de la obra

    I
    Delante de los pabellones, una hilera de enfermas tomaba el
    sol, tiradas en el suelo algunas, acurrucadas otras, encorvadas,
    como si cargaran con un peso demasiado abrumador para sus
    hombros miserables.
    Al cruzar Irene delante de ellas, con su tazón de leche humeante
    en la mano, no dieron señales de vida. Sólo Jacinta se le
    acercó con su eterna letanía:
    —Yo estoy sembrando un bosque de pinos. En el centro habrá
    un lago. Será frío y azul. Y yo me bañaré en él... desnuda...
    Frente al pabellón de epilépticas, otro gran núcleo de enfermas
    se entretenían de diferentes modos. Cosían, jugaban a las
    cartas. Juana Domínguez cantaba a grito pelado:
    —«¡Ay, ay, ay! No te mires en el río...»
    Con la espalda apoyada en el muro del edificio y las manos
    trepidantes en el regazo, una mujer, indiferente a todo lo que no
    fuera su agitación desquiciada de motor sin objeto, clavaba sus
    ojos en el vacío.
    —¡Buenos días, doña Irene! Qué, ¿se empeña usted en que
    siga viviendo Ángeles? ¿No sería entender mejor la caridad dejarla
    que reviente de una vez?
    Semejante a un sapo blancuzco, una vieja de enorme papada
    y pelos blanquirrubios, con la cara entumecida y casi sin
    ojos, la miraba en jarras.
    Irene meneó la cabeza.
    —Ya, ahora, toma sola su leche.
    La otra hizo un gesto de labios:
    —¡Bonito modo de tomarla! Y eso gracias a las horas muer-
    tas que se ha pasado usted con la cucharilla delante de sus narices,
    esperando que le diera la gana de sorber, agradable costumbre
    que aquí ahorra pañuelos. Pero ¿por qué se ha empeñado
    usted en querer que viva? ¡Vaya adquisición para la Humanidad!
    Irene no se metió en discusiones. La leche se le enfriaba y
    tenía prisa. Doña Alicia, como allí llamaban a la vieja, había sido
    en sus tiempos una mundana famosa, que, según decían, fue
    amada por hombres ricos e importantes. Ese corpachón, entonces
    esbelto y cuidado, se había exhibido entre pieles y joyas en
    las ciudades más lujosas de Europa. Contaba ella sin parar de su
    dorada existencia, y en la maleta, debajo de su cama, guardaba
    celosamente una caja con recuerdos de su pasado: recortes de
    periódicos, retratos, cartas de amor, que cobraban un sentido
    patético cuando las leía, por milésima vez, con su bronca voz de
    borracha.
    —Porque yo era un portento, ¿os enteráis? —cortaba, gritando,
    las cuchufletas de las demás—. Yo era...

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  • Opinión de los lectores

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