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Contemporáneos Ficción

Nuestros contemporáneos son aquellos títulos (en este caso de ficción) que a principios del siglo pasado fijaron la literatura que disfrutamos en la actualidad. Además, en esta colección también hay espacio para aquellos libros que han sido injustamente olvidados por el canon tradicional y que son muy difíciles de encontrar, incluso en el mercado del libro de lance.

El desierto del amor

François Mauriac

(Traducción de J. Larrraya)
BackList contemporáneos ficción
15 x 23 cm.
17’ €
224 págs.
Rústica con solapas

Fecha de publicación
Marzo 2009

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La novela que convirtió a Mauriac en una referencia de la narrativa del siglo XX

  • La pasión amorosa, auténtico motor de gran parte de la mejor literatura, aparece en El desierto del amor como objeto de análisis en sus aspectos más oscuros. A partir de Maria Cross, la protagonista de esta novela que atraviesa un sinfín de miserias morales, Mauriac analiza los conflictos que habitan en el interior de los humanos, su lucha constante contra el mal, desde una particular entonación romántica.
    El desierto del amor es una novela turbadora, donde Mauriac reconstruye con precisión quirúrgica la psique de tres personajes atrapados por la soledad, la degradación de un mundo al borde del fracaso y la represión de los sentidos.

    «El arte de vivir es sacrificar una pasión baja a otra más alta.»
    François Mauriac

    François Mauriac (Burdeos, 1885 - París, 1970) encarna como pocos la coherencia entre ideas y vida. Profundamente católico, a lo largo de su vida defendió con vehemencia la dignidad y los valores que, de acuerdo con su ideario, nos hacen humanos.
    Miembro de la Academia Francesa, defensor de la República Española, activista de la resistencia contra el nazismo, Mauriac se consolidó como uno de los intelectuales franceses más influyentes del siglo XX, especialmente a partir de 1952, cuando le fue concedido el Premio Nobel de Literatura. Aunque François Mauriac ha pasado a la posteridad a partir de sus novelas, su labor como periodista le granjeó una enorme popularidad. Editó las revistas Les lettres françaises y Le cahier noir, desde las que denunció las torturas y asesinatos contra los patriotas franceses. Entre 1945 y 1955 colaboró en Le Figaro y encabezó una campaña en defensa del general De Gaulle. Años más tarde, debido a su defensa de la causa argelina, recibió amenazas de muerte de la organización terrorista de extrema derecha OAS.

  • Fragmento de la obra

    I
    Durante muchos años, Raymond Courrèges había alimentado la esperanza de volver a encontrar en su camino a aquella Maria Cross de quien deseaba ardientemente vengarse. Muchas veces había seguido por la calle a una mujer creyendo que era aquélla a la que buscaba. Más tarde, el tiempo había aletargado hasta tal punto su rencor que, cuando el destino lo puso frente a aquella mujer, no experimentó de momento la alegría mezclada de furor que aquel encuentro hubiera debido suscitar en él. Cuando aquella noche entró en un bar de la rue Duphot no eran más que las diez y el mulato del jazz canturriaba únicamente para placer de un maître de hotel, atento y solitario. En la boîte angosta, donde a medianoche se darían pisotones las parejas, roncaba, como un moscardón, un ventilador. Al portero, que se extrañaba de verlo, «no estamos acostumbrados a ver al señor tan temprano...», Raymond había contestado con un solo ademán para que hiciera cesar aquel zumbido. El portero, confidencial, quiso en vano persuadirlo de que «este sistema, sin hacer aire, absorbe el humo», pero Courrèges lo había mirado de tal manera que el hombre se batió en retirada hacia el guardarropa. En el techo, el ventilador se calló como un abejorro que se posa.
    Después de haber quebrado la línea inmaculada de los manteles y reconocido en el espejo su expresión de los peores días, el muchacho se había preguntado: «¿Qué es lo que no marcha?» Detestaba perder las noches, y aquélla la perdería por culpa de aquel animal de Eddy H... Había sido casi necesario forzar a aquel muchachito, recogerlo en su coche para llevarlo a la fuerza al cabaret. Durante la comida, Eddy se había excusado de su falta de atención, atribuyéndola a una jaqueca, sentado apenas en el borde de la silla, impaciente, absorbido ya por algún placer próximo y futuro. Cuando hubo tomado el café, huyó alegre, con la mirada viva, las orejas rojas, las aletas de la nariz dilatadas. Durante todo el día, Raymond se había forjado una imagen encantadora de la velada y la noche, pero a Eddy se le habían ofrecido sin duda otros placeres más refrescantes que una confidencia.

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  • Opinión de los lectores

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